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A MARÍA LE DEBO MI VOCACIÓN M. Rosa Inés Millet Rodriguez Imprimir

A María le debo mi vocación

M. Rosa Inés Millet Rodriguez

  

Considero que mi vocación es un milagro del amor de Jesús, un beso Divino

que estampó muy profundo, muy hondo en mi corazón.

 

Mi vocación empezó por el amor a  María de Guadalupe que tanto en casa como en

el Colegio me enseñaron a amarla. Entre mis 15 y 17 años, llegaron al Colegio de

  Mérida dos Religiosas jóvenes que yo veía muy llenas del amor de Dios: La

 Madre Ma. De Lourdes Marquínez Moraza (Superiora General anterior a la

actual) y la M. Lourdes de Río, yo ya había salido del Colegio, pero un día les

 pregunté a las madres cuántos años tenían, pues las veía muy jovencitas, una

contestó 22 y otra 20 y yo me dije “ellas ya tienen su vida formada y yo

 mundaneando”, pero yo tenía novio y soñaba con amarlo y ¡tener 12 hijos!

 

Después asistí a una Jornada de vida cristiana y ahí intuí que Dios me llamaba:

“da tu vida por otros, yo te amo y te ayudaré”. 

Para eso, yo estaba por casarme en agosto,  para cumplir mis 19 años le pedí a

María que me ayudara a terminar con el novio pero sin pelearnos, así que todo

el mes de mayo dediqué mis oraciones con todo mi corazón y le dije a María:

“si este joven será mi compañero para toda la vida y lo haré feliz que siga con él,

pero si no, haz que rompa con él ¡y así fue!, él me preguntaba si tenía otro y le dije

que sí que era Jesús de Nazareth y contra Él nadie podía, así que me dejó en paz.

En esos días fuimos a México, mi mamá, mi abuelita y mis primos, por algún motivo

fuimos a dar a la Casa Central de las HMIG y la Madre Carmen Paulín, entonces

 Superiora General que conocía a mi abuelita le dijo: “ya que usted tiene tres hijas

religiosas ¿por qué no me deja a esta nietecita?” y me apuntó a mí, en ese momento

sentí como una palabra fuerte de Jesús en mi corazón, pues la señal no podía ser más

clara. A su tiempo fui admitida, la única postulante de mi generación y aquí estoy

contenta y fortalecida con el amor de mi Jesús, que me demuestra la ternura de su

amor a cada instante.